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#LaFábricaDeLaFelicidad

Cuando la lógica del consumo se enfrenta al cambio cultural. Y la importancia de ello.


Hace dos meses y después de varios años decidí, dejar de tomar Coca Cola. De lunes a viernes, al menos una vez al día, tomaba una botella de 500cc o una lata de 330cc, pero los fines de semana podía tomar varios vasos, sin control. Lo sentía como “placer culpable” y extrañamente siempre tenía ganas de tomar esa bebida. Lo llaman “sed de Coca Cola”, creo.

Cuando niño tomar bebidas gaseosas era un hito en la semana o el mes, un episodio reservado solo para grandes ocasiones, como cumpleaños o fiestas familiares. Con una bebida de 1 litro tomábamos los 5 de mi familia en la mesa. Y sobraba.

Pero algo profundo ocurrió en estos últimos 40 años, en que pasé de heredar la ropa de mi hermano o algún familiar a comprar mi propia ropa; de almorzar en casa a comprar algo en el camino sin mucho sabor a comida; a preferir beber agua embotellada en vez del agua de la llave; de tener y usar un auto en vez del transporte público; de tener un televisor en casa a uno en cada pieza ―incluso en la cocina―; a viajar fuera de Chile e ir al Caribe o Europa porque, según el slogan de la agencia de viajes, “me lo merezco”.

Mi casa está llena de cosas, y muchas de ellas con suerte las hemos ocupado una o dos veces. Hay un cajón lleno de carteras y bolsos. En el closet hay por lo menos 4 parkas y chaquetas como nuevas, junto con consolas de videojuegos, computadores, electrodomésticos, cables, cargadores, adornos, recuerdos de viajes, perfumes y cremas que nunca he usado. En fin, lleno de cosas. Cosas que se supone traen bienestar y felicidad.

Ahora, incluso, existen múltiples opciones de que por el teléfono pidas todo lo que necesitas. Y si lo que buscas no está dentro del país, no importa, puedes traer cosas desde China o cualquier parte del mundo. Lo mejor de todo es que si no te gusta, lo puedes devolver.

Pero es esa inmediatez y la falsa esperanza de que las cosas nos harán felices lo que nos está matando, ahogando y destruyendo el planeta. Estamos explotando recursos naturales sin control y las grandes corporaciones, conscientes de ello, han adecuado sus discursos con campañas de marketing de productos más sustentables y amigables con el planeta, cuando el objetivo de eso es solo vender más cosas, las que pronto ―con toda seguridad― se transformarán en desechos. O en el mejor de los casos, en residuos.

Sin embargo, el mejor residuo es el que NO se genera. No es el envase amigable con el ambiente ni el compostable, ni reciclable; en los envases y embalajes el impacto principal está asociado a la energía necesaria para su fabricación y el transporte para que eso llegue a tus manos. La mejor solución es dejar de comprar cosas, reutilizar y fomentar un consumo responsable y consciente. Porque ¿de verdad necesitamos que nos vendan la fruta picada y en un envase de plástico listo para comer?

Después de dos meses, solo por dejar de tomar Coca Cola he ahorrado unos 50 dólares, he evitado generar unos 2 kilos de plástico y latas de aluminio, y he bajado 4 kilos. Pero lo más importante es que mi felicidad dura más que los 5 minutos de placer que tenía al consumir esos 500cc de agua con azúcar.

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